¡Estamos en la recta final!

Con solo 9 días restando en el calendario, el 2025 está a punto de convertirse en un recuerdo, dándole paso al brillante amanecer de un nuevo año. Este momento es una invitación dorada, no solo para hacer listas de regalos, sino para hacer algo mucho más profundo y vital: pasar balance.

El calendario, silencioso pero firme, nos invita a hacer una pausa. No para correr más rápido, sino para mirar hacia atrás con honestidad y hacia adelante con esperanza. 

Es tiempo de detenernos y observar. A menudo, la vida nos empuja a estar siempre mirando hacia adelante, enfocados en la próxima meta o el siguiente desafío. Pero detenerse ahora, justo antes del cierre, para mirar atrás, es un acto de amor propio y sabiduría.

No se trata de sumergirse en la autocrítica o la melancolía. Se trata de tomar nota, con una mirada amable y honesta, de todo lo que este año nos ha regalado. Mira tus logros y da gracias. ¿Recuerdas esa meta que te parecía imposible en enero? ¿Ese pequeño hábito que lograste consolidar? ¿Esa relación que fortaleciste? ¡Obsérvalos! 

Toma un momento para celebrar tus victorias, grandes o pequeñas. Agradece la fortaleza y la perseverancia que mostraste para llegar hasta aquí. Sé consciente de los aprendizajes que vinieron incluso de las situaciones difíciles.  El agradecimiento es la llave que transforma lo que tienes en suficiente y te carga de energía positiva para lo que viene.

Pide perdón y suelta la carga. Y sí, también están esas metas que quedaron a medias, esos propósitos que el tiempo o las circunstancias no permitieron completar. La tentación es afligirse, sentirse en falta. Pero te propongo algo diferente: el perdón. 

Pídete perdón a ti mismo por las expectativas no cumplidas. Perdónate por los días de procrastinación o por desviarte del camino. Reconoce que hiciste lo mejor que pudiste con los recursos y la energía que tenías. Al perdonarte y soltar esa carga, liberas la energía que necesitas para mirar hacia el futuro con ligereza. El pasado ya no tiene el poder de frenarte. 

Planifica con Intención: El 1 de enero de 2026 nos regalará un lienzo en blanco de 365 nuevas oportunidades para vivir, crear, servir y amar. Utiliza este balance de fin de año como el insumo más valioso para tu nueva planificación:

ü  ¿Qué funcionó bien? Duplícalo.

ü  ¿Qué no se completó? No lo descartes, ¡reajusta la estrategia y ponle una nueva fecha!

ü  ¿Qué deseas aprender? Haz espacio para ello.

Pasar balance no es hacer una lista de errores ni abrir juicios severos contra nosotros mismos, es un acto de valentía. Es reconocer todo lo que sí logramos, incluso aquello que parecía pequeño, invisible o que nadie más celebró. Cada paso dado, cada decisión difícil, cada vez que seguimos adelante aun con miedo… eso también cuenta. 

Pero en este balance también aparecen los pendientes: los sueños a medio camino, las metas que no se concretaron, las promesas que nos hicimos y no supimos cumplir. Y está bien. No están ahí para castigarnos, sino para enseñarnos.

No es tiempo de afligirnos, sino de agradecer lo que fue posible, perdonarnos por lo que no y entender que hicimos lo mejor que pudimos. Agradecer sana. Perdonarnos libera. Y planificar nos devuelve la ilusión.

Porque el cierre de un año no marca un fracaso ni una victoria definitiva; marca un aprendizaje. Y desde ese aprendizaje, podemos volver a intentarlo, esta vez con más conciencia, más compasión y más claridad.

El 2026 se asoma como un regalo intacto: 365 nuevas oportunidades para vivir, para servir y amar mejor, para intentarlo otra vez, para cambiar de rumbo si hace falta y para reafirmar lo que ya sabemos que funciona. No viene a exigir perfección, sino presencia. Te invito a prepararte para recibirlo con el corazón lleno de gratitud por lo vivido y la mente clara sobre el camino que deseas trazar.

Hoy, al pasar balance, abrázate. Honra tu proceso y celebra tu crecimiento, incluso aquel que no se ve. Si algo quedó pendiente, no lo mires con culpa, míralo con esperanza: aún puede florecer. El año termina, pero tú continúas aquí, y esa es la evidencia irrefutable de que Dios no ha terminado contigo. Y eso, por sí solo, ya es motivo de gratitud, mientras esperamos nuestro destino final: el Cielo.

 

«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, ¡prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús!» (Filipenses 3:13-14 RVR1960)

 

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

 

Nataly Paniagua