Hoy, 15 de diciembre, con la cuenta regresiva marcando apenas 16 días para el cierre del 2025, y muy cerca de las festividades navideñas, quiero compartir un recuerdo que define mi perspectiva sobre esta época del año.

Recuerdo con claridad aquella noche. Sentados en el suelo de nuestra casa, al lado de nuestro pequeño, pero siempre creativo, árbol de Navidad. Mis hermanos menores, mi madre y yo. Parecíamos una escena sacada de una película de antaño, envueltos en una atmósfera de calidez y una inmensa Esperanza. 

Ese día, la estrella de la noche fue una gran caja de regalos enviada por mi padre. Él se encontraba lejos, buscando cumplir sus sueños en la "Isla del Encanto", una aventura emprendida para, según las conversaciones adultas, mejorar nuestra calidad de vida. Yo, con apenas siete años, no entendía qué tenía de encantador pasar una Navidad sin él.

Mientras observaba la caja, mi corazón latía con una fuerza infantil. Creía, en mi inocencia, que de ella saldría mi papá, el primer hombre al que amaba y al que tanto extrañaba. Imaginaba su gran sonrisa, que me tomaría en sus brazos, giraríamos por el aire, riendo sin parar. 

Finalmente, la caja se abrió. Mi madre comenzó a sacar varios objetos, cuidadosamente elegidos y marcados con nuestros nombres. Mi padre había tomado el tiempo de pensar en lo que más deseábamos. Yo recibí una hermosa muñeca de trapo, con una espectacular melena roja que caía hasta su espalda. ¡Era el regalo que tanto había anhelado! 

Mi rostro se iluminó al recibirla. Pero, al mismo tiempo, una sensación de vacío se instaló en mi corazón, tan fría como la noche de invierno que llenaba nuestra pequeña sala. Cuando la caja quedó vacía, me empiné, miré dentro, esperando aún encontrar lo que mi alma realmente anhelaba: él no estaba ahí. Mi papá no había regresado.

Ese día, aunque muy joven, comprendí una verdad irrefutable: El verdadero motivo de la Navidad es más que regalar detalles materiales. Es más que una muñeca de trapo con largo pelo rojo. Ese año aprendí que la Navidad es amor, presencia, cercanía, estar juntos, abrazos y la alegría inmensurable de estar en los brazos de aquellos a quienes amamos.

La palabra Navidad significa "nacimiento", y para quienes creemos en Jesús, esta época es el poderoso recordatorio del advenimiento de nuestro Salvador. Él nos ofrece su paz, su humildad y su amor incondicional.

Su mensaje nos grita que Su Reino no se define por la opulencia o las riquezas materiales, sino por el amor, la humildad y la entrega con la que dejó el Cielo para venir y vivir entre nosotros. «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Ese es, sin duda, el más hermoso y trascendental regalo de Navidad.

Han pasado más de tres décadas desde aquel día. Mi papá regresó a casa meses después, y unos años más tarde, recibí al Señor Jesús en mi corazón, y nunca más me sentí sola. Aprendí a regalar y a recibir regalos, pero lo que más atesoro en esta época es la posibilidad de estar presente y compartir con los seres que amo.

La Invitación para la Navidad 2025, es que puedas celebrar con un corazón rebosante de amor y acción: 

ü  Sirve con Generosidad: Demos agua al que tiene sed, comida al que tiene hambre y entreguemos esperanza envuelta en luces de colores y villancicos. Compartamos con aquellos que no tienen nada.

ü  Abraza la Presencia: Abracemos con fuerza a nuestros padres, parejas, hijos, hermanos, familia y amigos. Que al encender las luces del árbol, también encendamos la luz del amor en nuestros corazones. Invita a alguien a tu mesa y comparte tu cena esta noche buena.

ü  Sé el Regalo: Que esta Navidad podamos "estar ahí", no solo físicamente, sino con el alma, disponibles y presentes para quienes nos aman.

Hoy, más que nunca, tenemos la oportunidad de ofrecer el regalo más hermoso de todos, tomando como referencia el mejor regalo que la humanidad ha recibido: la llegada de Jesús. Es un amor que nos recuerda que, cuando ya no haya más Navidades aqui en la tierra, estaremos con Él por la eternidad, celebrando en nuestro destino final: el Cielo.

 

«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Isaías 9:6 RVR1960)

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

 

Nataly Paniagua