El olor a tierra mojada y la promesa del agua fresca. Ese era el ambiente mientras disfrutábamos de una escapada al río un hermoso día de verano. Todo era perfecto, hasta que nuestro vehículo 4x4 quedó atrapado en el lodo, sin posibilidad de avanza. 

Al principio, mi esposo —seguro de la potencia de la máquina— intentó sacarlo a pura fuerza.  Aceleró hacia adelante, luego hacia atrás, el motor rugía con frustración… pero lo único que logramos fue hundirnos más. El hueco crecía y el fango nos cubría los neumáticos. Estábamos totalmente “enchivados”.  

Entonces, al entender que la fuerza bruta no nos sacaría de ahí, mi esposo apagó el motor y decidió bajarse. Y fue en ese momento, al mirar el vehículo desde afuera, que la realidad se volvió evidente: el lodo había engullido casi por completo las ruedas. Desde la cabina parecía que todo estaba bajo control, pero la vista externa mostraba algo muy distinto. No podría hacerlo solo.

La decisión de pedir ayuda fue inmediata. Llegó un familiar, un hombre de campo con una sabiduría práctica nacida de la tierra misma. Y lo que ocurrió después aún me maravilla: no usamos otra camioneta, ni herramientas sofisticadas. La solución fueron dos fuertes bueyes, atados con una soga al vehículo. Mi esposo guiaba desde adentro, y la fuerza paciente y constante de esos animales trabajaba desde afuera.  Con varios tirones firmes y coordinados, el vehículo se sacudió, crujió… y finalmente salió del estancamiento.

Ese momento me dejó una enseñanza profunda: el estancamiento no se rompe solo con fuerza; se rompe con acción inteligente.

Así como un vehículo puede atorarse en el lodo, también nosotros podemos quedar atrapados en situaciones personales, profesionales, familiares o espirituales. En esas ocasiones acelerar sin pensar nos hunde más. 

Lo primero es detenernos y preguntarnos qué nos está bloqueando. A veces confundimos insistencia con fortaleza, cuando en realidad puede ser señal de desgaste. Desde adentro no siempre se ve el problema. 

Desde el asiento del conductor, todo parecía manejable. Desde afuera, la verdad era otra. En la vida nos pasa igual: estamos tan metidos en nuestros problemas que perdemos la perspectiva. Salir mentalmente —y a veces físicamente— es el primer paso para comprender qué nos tiene atrapados. 

Mirarnos con honestidad es clave: ¿Qué me frena? ¿Miedo? ¿Culpa? ¿Cansancio? ¿Falta de claridad? ¿Expectativas que no son mías? Ignorar el problema no lo resuelve; enfrentarlo sí.

La fuerza sin estrategia te hunde más. A veces insistimos, empujamos, damos todo… y aun así no avanzamos. El problema no es falta de fuerza, sino falta de dirección.  

Pedir ayuda no nos resta, nos impulsa. Es una señal de madurez, no de debilidad.  Hay situaciones en las que, por más que intentemos solos, simplemente no se puede. Y está bien. Todos necesitamos un “remolque” alguna vez: un amigo sincero, un mentor, un familiar, un pastor, alguien que nos brinde perspectiva o nos acompañe cuando nuestras fuerzas no alcanzan.

A veces avanzar implica retroceder un poco. No es derrota; es estrategia. Volver al punto donde algo se trabó. Retomar hábitos que dejamos. Regresar a principios que solíamos practicar.
El retroceso consciente no es castigo: es reajuste. Un pequeño ajuste en la base puede liberar un gran movimiento.

Colocar apoyo donde hace falta. Así como algunos conductores ponen piedras para dar tracción a las ruedas, también nosotros necesitamos “calces” emocionales o espirituales: nuevas rutinas, límites saludables, descanso, oración, terapia, aprendizajes que nos den estabilidad.

La acción es la puerta de salida. Analizar, reflexionar y orar son esenciales… pero sin acción no hay avance. No importa si el primer paso es pequeño o inseguro: lo importante es darlo. Salir del estancamiento es un proceso, no un salto. Cada quien avanza a su propio ritmo.

No importa la estrategia que necesitemos —detenernos, pedir ayuda, retroceder o ajustar—; lo importante es no quedarnos en el mismo lugar. La vida se honra avanzando, aunque sea poco a poco. 

Quizás hoy te sientes atrapado emocional, espiritual, económica o personalmente. Tal vez has acelerado, retrocedido y vuelto a intentar sin éxito. Pero recuerda: lo crucial no es la velocidad, sino la dirección. No estamos solos. No permaneceremos detenidos para siempre. Hay fuerza, herramientas y caminos esperándonos. Solo debemos tomar la decisión de movernos, mientras avanzamos hacia nuestro verdadero destino: el Cielo.

 

«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece»

(Filipenses 4:13 (RVR1960))

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

 

Nataly Paniagua