Ahí estaba ella, nuevamente paralizada por las palabras y los gestos de la persona que tenía al frente. Cada frase parecía una flecha directa al pecho; podía sentir cómo su respiración se aceleraba y su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera escapar. No entendía por qué le afectaba tanto, pero su cuerpo reaccionaba antes de que su mente pudiera explicarlo.
Esa vez, sin embargo, algo dentro de ella cambió. Entre la confusion y el miedo, comprendió que lo que la estaba destruyendo no eran las palabras del otro, sino el poder que ella misma le había entregado. Había permitido que las emociones ajenas tomaran el control de su paz interior. En ese instante decidió que ya era suficiente. Bastaba de vivir en modo defensa, de temer a todo lo que venía de afuera. Y así comenzó su viaje: el de recuperar su propio equilibrio, reconectar con su cuerpo y aprender a calmar ese sistema nervioso que por tanto tiempo había vivido en pánico.
¿Alguna vez has sentido que tu vida entera se mueve al ritmo del caos que te rodea? Que una palabra de alguien, una mirada o incluso un simple comentario pueden cambiar por completo tu estado emocional. Si es así, no estás solo. Vivimos rodeados de estímulos, personas y situaciones que pueden movernos con facilidad. Nuestro cuerpo reacciona: se tensa, late con fuerza, se altera. Es como si algo dentro de nosotros gritara “¡peligro!”, aunque no haya una amenaza real.
Nuestro sistema nervioso fue diseñado para protegernos, para mantenernos a salvo. Pero cuando se ve expuesto constantemente a estrés, juicios o conflictos, empieza a funcionar como una alarma descompuesta: se activa con todo, incluso con lo que no representa un riesgo verdadero. Vivir así, en alerta constante, agota cuerpo, mente y espíritu.
Comenzamos a defendernos incluso cuando no hay nada que atacar. Respondemos con irritación, ansiedad o distancia. Nos volvemos hipersensibles al entorno y, sin darnos cuenta, dejamos que el mundo exterior maneje nuestros estados internos.
El problema surge cuando esas “amenazas” ya no provienen de un peligro físico, sino de lo emocional y lo social: una relación tóxica, la presión laboral, la comparación constante, el miedo al rechazo. Entonces, nuestro sistema nervioso entra en pánico crónico, respondiendo a cada estímulo como si fuera un ataque. Lo más complejo es que, en medio de esa confusión, empezamos a creer que la causa de nuestro malestar está afuera. Decimos: “Esa persona me altera”, “mi jefe me estresa”, “la sociedad me presiona”. Y aunque puede parecer cierto, la verdad es que nadie tiene el poder de controlar nuestra paz interna a menos que nosotros se lo entreguemos.
La vida siempre va a tener ruido, desafíos y personas difíciles. No podemos cambiar eso. Pero sí podemos aprender a regular cómo respondemos a ese entorno. Podemos pasar del modo defensa al modo conciencia. El primer paso es reconocer cuándo nuestro sistema nervioso está desbordado: notar la tensión en el cuerpo, el nudo en el estómago, la respiración acelerada, la mente que no para. Esa es la señal de que es momento de volver a ti, de reconectar.
En la medida en que aprendemos a no absorber todo lo que viene de afuera, comenzamos a recuperar el control. Nuestra energía se equilibra, las emociones se vuelven más claras y las decisiones más sabias. Descubrimos que la verdadera fortaleza no está en resistir, sino en mantener la paz aun cuando el entorno intente alterarla.
Este es el trabajo silencioso del crecimiento personal: dejar de reaccionar y empezar a responder. Entender que la vida no se trata de apagar incendios externos, sino de aprender a mantener encendida nuestra propia luz interna. Cuando lo logramos, las circunstancias dejan de dominarnos. No porque cambien, sino porque nosotros ya no les damos el poder de afectarnos.
Así que la próxima vez que sientas que todo te sobrepasa, detente un momento. Respira. Recuerda que lo que ocurre afuera solo tiene el poder que tú le das. Tu sistema nervioso no está roto, solo está cansado de defenderte de lo que no necesitas temer. Regálale calma, atención y conciencia. Y verás cómo, poco a poco, la vida deja de sentirse como un campo de batalla y empieza a sentirse como tu hogar interior, donde eliges vivir plenamente, mientras esperamos nuestro destino final: El Cielo.
«Y que la paz de Cristo gobierne en sus corazones, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos.»
(Colosenses 3:15 (RVA 2015))
¡Feliz y bendecida semana!
Con cariño,
Nataly Paniagua






