La naturaleza tiene una manera única de recordarnos que, aunque planifiquemos y nos preparemos, siempre habrá algo impredecible que desafiará nuestra calma y alterará nuestra rutina. Esta semana pasada, el huracán Melissa se convirtió en un recordatorio vívido de ello.
Con vientos sostenidos de 220 km/h y desplazándose lentamente a apenas 5 km/h, Melissa se convirtió en un huracán de categoría 4, uno de los más intensos de la temporada. Su trayectoria incierta mantuvo en vilo a la República Dominicana, donde gran parte de las provincias se encontraban bajo algún nivel de alerta debido a las lluvias intensas y posibles inundaciones.
Durante más de tres días, la lluvia persistente y los vientos nos recordaron la fragilidad humana frente a la fuerza de la naturaleza. Y, de alguna manera, nos trajeron ecos de otra temporada inolvidable: la cuarentena del Covid-19. Una vez más, nos vimos obligados a “permanecer en casa”, acompañados de nuestras parejas, hijos y familiares, adaptándonos a una realidad que nos obligaba a detenernos y reflexionar.
Desde mi ventana, observaba cómo la lluvia caía y la tormenta pasaba, mientras entre la cocina, la cama, los niños y los quehaceres del hogar, reflexionaba sobre los “huracanes internos” que todos enfrentamos en la vida: momentos de crisis, cambios inesperados, pérdidas que nos sacuden profundamente. Estos huracanes emocionales pueden ser tan devastadores como los naturales, pero también nos ofrecen la oportunidad de crecer y transformarnos.
La clave está en la preparación. Así como reforzamos nuestras viviendas ante un ciclón, debemos fortalecer nuestro interior: cultivar fe en el Señor, desarrollar resiliencia, mantenernos conectados con nuestros valores y apoyarnos en nuestra comunidad. Prepararse no significa que la tormenta no nos afectará, sino que nos permite enfrentarla con mayor fortaleza y claridad.
El paso de un huracán nos enseña que, aunque no siempre podemos controlar los vientos de la vida, sí podemos elegir cómo reaccionar ante ellos. Al igual que las comunidades que se unieron para enfrentar Melissa, nosotros también podemos hallar fuerza en la unidad, la solidaridad y la confianza en nuestro interior.
En medio de la tormenta, podemos encontrar confianza. No porque la tormenta desaparezca, sino porque descubrimos nuestra capacidad para enfrentarla, aprender de ella y salir más fuertes. Cada huracán, ya sea natural o interno, se convierte en una oportunidad para crecer y renovarnos.
Los huracanes internos no siguen siempre la trayectoria que esperamos. A veces se mueven lento, persisten y nos obligan a confrontar emociones y circunstancias que creíamos controladas o superadas. Pero, aunque causen incomodidad, también nos impulsan a madurar, a replantearnos prioridades y a valorar lo que verdaderamente importa.
Y hoy, después de la tormenta, amanece un nuevo día. Su gracia sigue con nosotros, el sol volverá a brillar, las aguas volverán a su cauce y la tierra se secará. Nuestra rutina diaria se reubica, recordándonos que Dios aún no ha terminado con nosotros. Incluso en medio de las tormentas, si confiamos en que Él está dentro de nuestra barca, no temeremos.
Así que te invito a levantarnos, a confiar y a seguir caminando en esta aventura que es la vida. La tormenta no marca el final; es un recordatorio de nuestra fortaleza y de la presencia divina que nos guía en todo momento. Enfrentemos este nuevo día con la certeza de que cada desafío nos fortalece y nos prepara para nuestro destino final: el cielo.
«Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso no tememos, aunque la tierra tiemble y las montañas se hundan en el mar.»
(Salmo 46:1-2 (NVI))
¡Feliz y bendecida semana!
Con cariño,
Nataly Paniagua






