La sabiduría de perder y volver a empezar con esperanza...
Hay una escena que se repite cada día en sectores y pueblos de la República Dominicana: niños corriendo con los brazos extendidos, los ojos en el cielo, guiando un hilo que conecta su ilusión con el viento. Están volando chichiguas, conocidas en otros países como “cometas”. Para muchos, esto es solo un juego, un pasatiempo de infancia. Pero si nos detenemos a observar, descubrimos que hay más que papel, hilo y caña volando en el aire: hay sueños, perseverancia, libertad… y también pérdida.
En nuestro país, la expresión “chichiguas en banda” describe ese momento en que la cometa se suelta del hilo, se va con el viento, sin rumbo ni control. Se puede interpretar como una pérdida, un fracaso. Pero en esa imagen hay una poderosa metáfora de la vida, especialmente cuando hablamos de crecimiento personal y superación.
Todo comienza con entusiasmo. Un niño pasa horas armando su chichigua: busca los materiales, corta el papel, endereza la caña, amarra el hilo con cuidado. Hay emoción, creatividad y propósito. Así también iniciamos muchos proyectos en la vida: una relación, un negocio, una carrera. Soñamos con verlos volar alto, sostenidos por el viento de nuestras esperanzas.
El momento en que la chichigua levanta vuelo es mágico. El niño corre, la suelta poco a poco, y ve cómo el viento la eleva. Y cuando nuestras metas empiezan a despegar, sentimos orgullo. “¡Lo logré!”, nos decimos. Pero lo que sigue es igual —o incluso más— importante: mantenerla en el aire, saber cuándo soltar más hilo y cuándo recoger. Esto requiere paciencia, disciplina y esfuerzo constante.
Volar una chichigua no es solo amarrarla y ya. Requiere atención. Si el viento cambia, hay que adaptarse. Si el hilo se enreda, hay que detenerse a desenredarlo. Si aparece otra chichigua a "darle línea", hay que defenderla.
La vida funciona igual. Sostener nuestros sueños, relaciones o proyectos requiere enfoque, y cuidado. No basta con que algo comience bien; hay que cuidarlo, alimentarlo y estar dispuesto a corregir el rumbo. Aun así, a veces sucede lo inevitable: el hilo se rompe o se suelta. Y vemos nuestra chichigua —esa ilusión, ese plan, esa esperanza— irse en banda, llevada por el viento, fuera de nuestro control.
Cuando la chichigua se va en banda, la primera reacción es frustración. El niño grita, corre tras ella, pero sabe que ya no la alcanzará. Quizás esa chichigua era la favorita, la más bonita, la que hizo con ayuda de su papá o su mejor amigo. Perderla duele.
Dicen por ahí que “chichigua en banda no tiene dueño”, y es verdad. Cuando algo se escapa de nuestras manos, ya no nos pertenece. A veces nos aferramos a lo que ya voló, pero soltar también es parte de crecer. Aprender a dejar ir lo que ya no podemos controlar es un acto de madurez… y de libertad.
Así mismo, en la vida, perdemos cosas que nos importaban: una relación, un trabajo, una oportunidad, un ser querido. Algo se nos escapa de las manos. Se rompe el hilo. Nos quedamos con el corazón mirando al cielo.
Pero algo hermoso sucede si nos quedamos observando al niño después de esa pérdida. Se queda un momento en silencio, mira hacia el cielo… y al rato, comienza a hacer otra. Recoge lo que encuentra: papel sobrante, cañas improvisadas, un hilo más corto quizás. Pero vuelve a construir. Porque para él, volar es más importante que perder.
Las pérdidas también enseñan. Esa chichigua que se fue en banda no fue en vano. Le enseñó algo al niño: quizás que necesitaba amarrar mejor el hilo, que debía prestar más atención al viento, o que la caña estaba débil. Y esa nueva lección lo convierte en un mejor creador, un mejor volador.
En la vida, las pérdidas también nos forman. Nos hacen más fuertes, más resistentes, más empáticos. Muchos después de una gran caída, construyen algo aún más valioso.
“Chichiguas en banda” no es solo una pérdida, es también una invitación a empezar de nuevo. Nos recuerda que el éxito no consiste en nunca caer, sino en tener el valor de levantarnos, construir otra vez, y creer que el viento aún puede soplar a nuestro favor.
En esta aventura de la vida, todos tenemos chichiguas que se nos han ido. Y cada vez que eso ocurre, enfrentamos una decisión: rendirnos o volver a intentarlo. Como los niños que fabrican otra chichigua con lo que tienen a mano, nosotros también podemos reinventarnos, rediseñar nuestros sueños y volver a lanzarlos al cielo.
Hoy quiero recordarte que el cielo sigue ahí. Aunque la vida esté llena de chichiguas en banda, eso no es señal de fracaso: es prueba de que lo estamos intentando. Cada pérdida lleva consigo la semilla de un nuevo comienzo, de una mejor versión de nosotros mismos.
Así que, la próxima vez que algo se te escape de las manos, no te lamentes demasiado. Mira el cielo. Respira. Recoge tus materiales. Y vuelve a construir. Porque mientras haya viento, y tengas ganas de volar… siempre habrá esperanza.
Y mientras esperamos nuestro destino final: El cielo, —donde no perderemos nada—, sigamos lanzando nuestras chichiguas con fe. Algunas volarán alto. Otras se irán en banda. Pero todas, de alguna forma, nos acercarán más a lo que estamos llamados a ser.
«Reconstruirán las ruinas antiguas y restaurarán los escombros de antaño; repararán las ciudades en ruinas y los escombros de muchas generaciones.»
(Isaías 61:4 (NVI))
¡Feliz y bendecida semana!
Con cariño,
Nataly Paniagua






