Hace unos días tuve el privilegio de sacar el primer diente de leche de mi hijo Josué. Mientras me miraba con su carita llena de inocencia y me decía: “Que no me duela, mami”, yo, toda una experta, hice mi mejor intento de dentista y con un suave tirón, salió. En su boquita quedó una pequeña “ventanita”. Mientras él sonreía feliz, sosteniendo ese diente como un trofeo, yo vi mucho más que un espacio vacío: vi el pasado, el presente y el futuro… todo a través de una sonrisa incompleta, pero llena de significado.
Al mirar ese diminuto diente blanco en su mano, algo en mí se removió. Recordé cuando llegó al mundo, tan frágil y dependiente. Ese diente, que brotó entre babitas y noches en vela, ahora se ha despedido. Lo que fue señal de crecimiento entonces, hoy es evidencia de una nueva etapa que comienza. El tiempo, como un río imparable, sigue su curso. Esos dientes de leche, que ahora se van, fueron testigos de sus primeras palabras, de las risas que llenaron mi alma, de sus primeros mordiscos a la vida.
Esa ventanita en su boca es una despedida dulce. Me recuerda que ese bebé que alguna vez cargué en brazos está creciendo, y con él, yo también. Cada etapa de su vida es una oportunidad para transformarme: ser más paciente, más presente, más consciente de lo que realmente importa.
El pasado habló a través de ese diente. Me recordó cuántas veces olvidamos disfrutar los pequeños momentos: los abrazos espontáneos, las risas simples, los juegos improvisados antes de dormir. El pasado no es algo que se pierde; es algo que nos construyó. Esos dientes que se van no se olvidan, viven en la memoria de lo vivido, en las fotos familiares en el recuerdo de la primera mordida.
El presente se manifiesta en la sonrisa incompleta de Josué. Esa ventanita es una pequeña ausencia que significa una gran transformación. Su emoción por la visita del ratón de los dientes, su curiosidad sobre cómo crecerá el nuevo diente, me recuerdan la belleza de estar aquí y ahora, acompañando a quienes amamos en cada paso, por pequeño que sea. Lo que hoy parece pequeño, mañana será un recuerdo gigante.
Hoy esa ventanita es motivo de orgullo. Josué sonríe y la muestra con alegría. Para él, perder un diente no es una pérdida, es un logro. Y su seguridad me enseña algo profundo: muchas veces nosotros los adultos tememos los cambios, pero los niños los celebran.
Esa ventanita me invita a estar más presente, a fijarme en lo que a veces pasa desapercibido, a entender que los momentos simples son los más importantes. Esa sonrisa incompleta es una lección de vida: no todo tiene que estar perfecto para ser hermoso. A veces, lo que falta también es valioso, porque nos recuerda que estamos en movimiento, que estamos vivos, que estamos creciendo.
Y a través de esa ventanita, también vi el futuro. Imaginé los dientes permanentes que vendrán, las etapas que le esperan: la escuela primaria, las primeras amistades profundas, sus descubrimientos y desafíos. Comprendí que el camino no será perfecto: habrá lágrimas y tropiezos, pero también aprendizajes y evolución constante. Lo esencial será estar presente, para él y para mí. Pronto, ese espacio vacío se llenará con un diente más fuerte, más firme y duradero. Y, al igual que su sonrisa, Josué también cambiará.
Todos tenemos “ventanitas” en la vida: momentos en que algo se cae, se pierde o simplemente se va. En el fondo, cada uno guarda pequeñas grietas del alma: instantes que nos enfrentan con lo que fuimos, nos despiertan al presente y nos invitan a imaginar el futuro. Tal vez no perdimos un diente, sino una relación, un trabajo, una ilusión. O quizá ganamos una oportunidad, una idea, un nuevo amor. Cada experiencia deja huellas, y si aprendemos a leerlas con atención, se convierten en semillas para crecer desde adentro. Aunque al principio duelan o desconcierten, esas ventanitas son puertas abiertas a lo que viene.
Hoy, gracias a la sonrisa incompleta de mi hijo, decidí abrir los ojos a lo esencial: no dejar que la prisa me robe la maravilla de lo cotidiano. Agradecer lo vivido, abrazar lo que tengo ahora y caminar con esperanza hacia lo que vendrá. Porque a veces, una pequeña ventanita en la sonrisa de un niño es suficiente para recordarnos lo que realmente importa. Y es que en cada sonrisa incompleta hay una historia que apenas comienza.
La vida, como esa pequeña ventanita, siempre nos muestra un poco del pasado, un pedazo del presente y una promesa del futuro, mientras vivimos a plenitud y esperamos nuestro destino final: el Cielo.
«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.»
(Eclesiastés 3:1 RVR1960)
¡Feliz y bendecida semana!
Con cariño,
Nataly Paniagua






