Me miré en el espejo. Y por un instante, vi con total claridad todo lo hermoso en lo que me he convertido. Mis ojos se detuvieron en las cicatrices que antes quería esconder, y en las líneas de expresión que hoy adornan con dignidad este rostro que me ha acompañado por más de cuatro décadas. Y mientras me observaba, sentí algo profundo despertar en mí y me lo declaré: soy especial, soy única, soy hermosa, soy irrepetible. 

Pero no siempre lo supe. Hubo un tiempo en que no entendía este diseño, el mismo que Dios soñó con tanto detalle para mí. Un tiempo en que verme al espejo era más juicio que ternura. En que dudaba de mí, me postergaba, me escondía detrás de lo que otros esperaban que fuera. Me costaba elegirme. Elegir mis sueños. Elegir mi voz. Elegir mi valor. Pero algo cambió. O mejor dicho fui yo la que cambió. 

Hoy lo sé, con certeza y sin miedo: aunque otros no me elijan, yo sí me elijo. Elijo a esta mujer que ha aprendido a sanar sin dejar de sentir. Que lleva historias en la piel y cicatrices que ya no quiere borrar. Que ha caído, sí, pero también se ha levantado con más fuerza, más fe y más verdad. Me elijo cada dia con amor, gratitud y bondad.

Vivimos en un mundo que nos empuja a buscar validación constante. A veces sentimos que, si no nos aplauden, no valemos. Que, si no nos eligen, no somos suficientes. Pero hay una verdad que transforma esta perspectiva desde la raíz: mi valor no depende de quién me elige, sino de que yo me elija a mí. Hay días en los que nos sentimos ignorados, poco vistos, incluso rechazados. Pero en medio del silencio externo, hay una voz interna que clama por ser escuchada: la tuya. Y es ahí donde comienza todo. 

Elegirme cada día es decidir no esperar más por la aprobación ajena para amarme, abrazarme, escucharme. Elegirme no es ego. Es amor. Elegirme no significa pensar que soy más, ni cerrar el corazón al mundo. Elegirme significa honrar todo lo que soy y todo lo que he vivido. Es hablarme con ternura, abrazarme sin juicios, escucharme con paciencia. Es dejar de esperar que alguien de afuera me diga que valgo, y empezar a ser yo quien lo recuerda. 

Me elijo cuando dejo de compararme. Cuando cuido mi alma como cuido mi cuerpo. Cuando dejo de mendigar validación y me convierto en mi propia aliada. Porque mi valor no cambia, aunque otros no lo vean. No todos van a elegirme. No todos van a entenderme. Y eso… está bien. No todos están destinados a caminar conmigo. Pero mi valor no depende de quién se queda o quién se va. Mi esencia no se apaga solo porque alquien no la reconoce

Elegirme cada día es recordarme que soy suficiente. Que no vine a este mundo a encajar, sino a brillar. Que fui creada con intención divina, con un diseño exclusivo que solo yo puedo encarnar. Cuando me elijo, me conecto con el propósito de Dios. Y es que Dios no comete errores. Cada rasgo, cada historia, cada parte de mí fue tejida con un propósito eterno.  

Hoy te invito a que, si ya aprendiste a elegirte, sigas haciéndolo cada día con la misma valentía y amor. Y si aún te resulta difícil hacerlo, que hoy sea el día en que empieces a darte ese permiso tan necesario. Declara conmigo:

Elijo amarme.

Elijo abrazarme.

Elijo escuchar lo que mi alma necesita.

Elijo caminar con dignidad.

Elijo soltar la necesidad de ser elegido por todos.

Elijo confiar en quien soy y en quien Dios me está formando día a día.

Porque soy una obra maestra, aunque todavía esté en proceso, y lo afronto con valentía, autenticidad y gratitud. Ámate, escúchate, abrázate… y elígete, tal como Dios ya te eligió desde la eternidad, mientras caminamos hacia nuestro destino final: el Cielo.

 

«"Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé...»

(Isaías 43:4 RVR1960)

 

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

 

Nataly Paniagua