El sol más brillante que recuerdo de todos los julios que he vivido iluminaba todo como si supiera que ese día no era cualquier día. Los lirios, las rosas y los tonos naranja, verde y amarillo se entrelazaban con la frescura de los invitados vestidos de blanco. Entre caracoles, arena y una decoración marina, se reunieron familia, amigos, hijos del alma, pastores, hermanos y colegas. Las mesas estaban listas, los manteles ondeaban con la brisa… y frente a nosotros, el mar. Sereno. Inmenso. Presente. Testigo silencioso de un amor que se prometía eterno ante Dios y ante todos los presentes.

La música nupcial empezó a sonar —Ta-ta-ta-taaaan... ta-ta-ta-taaaan...— y caminé entre flores, tomada del brazo de mi padre. Él me conducía hacia ese hermoso moreno que me esperaba en el altar, con una mirada que lo decía todo sin necesidad de palabras. Tomó mi mano, y yo la suya. Y en ese instante supe, con todo mi corazón, que ese “Sí, acepto” sería para siempre. 

Aquel 20 de julio de 2013 no fue solo una boda. Fue el inicio de una historia de amor, escrita a mano por Dios, con el mar como testigo y el cielo como respaldo. Y, doce años después, celebramos esa historia que sigue viva, en constante transformación, creciendo y madurando.

El día de ayer, mi esposo y yo celebramos nuestras bodas de seda, símbolo de una etapa preciosa y resistente, suave al tacto pero firme en esencia. Como la seda, nuestro amor ha pasado por procesos de refinamiento, volviéndose más fuerte, más valioso, más nosotros. 

Doce años de matrimonio no se resumen en cifras ni en fechas. Se viven. Se sienten. Se lloran, se ríen, se suspiran, se disfrutan, y se abrazan. Nuestra travesía ha sido una mezcla deliciosa de contrastes: entre la ciudad y el campo, lo tosco y lo delicado, entre cintillos y sombreros, tacones y botas. Cada día ha sido un reflejo de dos mundos aparentemente opuestos, pero maravillosamente complementarios.

Yo, una mujer de ciudad, apasionada, artista y creativa… y para más, también contadora y auditora. Él, un hombre de campo, fuerte, valiente, algo tosco y muy machote... además de abogado, estructurado y profundo. Así, entre sensibilidad y firmeza, entre emoción y razón, entre números y litigios, hemos ido tejiendo esta vida juntos.

Somos diferentes, sí. Y ha sido difícil a veces. Pero también ha sido nuestra mayor fortaleza. Como los polos opuestos que encienden una bombilla, nuestras diferencias han generado luz. Una luz que ha brillado sobre las sombras, que ha alumbrado el camino incluso cuando no sabíamos exactamente hacia dónde íbamos.

Somos dos seres que estuvieron rotos, pero que juntos decidieron sanar. Venimos de historias familiares complejas, de generaciones que a veces no supieron cómo amar, pero decidimos escribir una historia diferente. Oramos. Luchamos. Aprendimos. En medio de una cultura que muchas veces niega el valor de la familia, elegimos formar una. Elegimos reproducirnos, no solo en hijos biológicos, sino también en hijos del alma, y así guiar a propósitos que Dios ha puesto en nuestras manos. 

Amamos a Dios sobre todas las cosas, somos sus hijos, con nuestras fortalezas… y también con nuestras debilidades. Le servimos con alegría. Y aunque en esta aventura a veces el cansancio nos ha visitado, aquí seguimos caminando, juntos, siempre juntos.

Hoy, a propósito de la hermosa y significativa celebración que vivimos ayer, doy gracias al Señor porque nos diseñó el uno para el otro y nos hizo encontrarnos en el momento perfecto. Porque él —mi amado— me vio, me reconoció, me eligió y me tomó de la mano… y con ella, me condujo hasta este amor. Puedo decir con certeza que el amor verdadero no solo resiste: también florece. 

A ustedes, mis amados lectores, los invito a brindar con nosotros por estos 12 años de vida compartida entre sedas, caricias y un poco más, y a orar por muchos más, bajo el propósito perfecto al que hemos sido llamados. Mientras avanzamos hacia nuestro destino final: el Cielo.

 

«Mi amado es mío, y yo soy suya; él apacienta entre lirios»

(Cantares 2:16 RVR1960)

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

  

Nataly Paniagua