“Una vez más y por Su Gracia, nos encontramos en este hermoso mes de julio. Damos la bienvenida a estos 31 días maravillosos de oportunidad renovada para vivir plenamente, servir con generosidad, crecer en sabiduría y compartir nuestras experiencias. ¡Gracias por acompañarme en este viaje de transformación y descubrimiento!” 

 

“No sirves para nada.” La frase retumbó en los oídos de la joven como un trueno seco que rompe el silencio. En cuestión de segundos, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, sin que pudiera contenerlas. Fue como un golpe inesperado al estómago, de esos que dejan sin aliento.

No era la primera vez que lo escuchaba. Su madre, marcada por heridas no sanadas, solía repetir esas palabras con frialdad. Ya eran parte del ambiente, casi cotidianas, y aunque seguían doliendo, ella empezaba a acostumbrarse a ese dolor. Lo más triste era que, de tanto oírlas, comenzó a creerlas. Se sentía torpe, poco inteligente, invisible. Empezó a dudar de su valor, de su capacidad, de su belleza. “Tal vez sí soy torpe”, pensaba. “Tal vez no tengo nada especial. Quizá… no valgo mucho”.

Y así, poco a poco, la voz de su madre dejó de ser externa. Se instaló dentro de ella, como un eco persistente que se activaba cada vez que fallaba, cada vez que intentaba algo nuevo. Esa voz no la corregía ni la alentaba: solo exigía, juzgaba y descalificaba. No conocía  la compasión ni el aplauso. Solo hablaba el lenguaje de la perfección… sin amor.

Cuántas veces hemos aceptado como verdad absoluta lo que otros han dicho de nosotros. Cuántas veces nos hemos etiquetado con palabras ajenas: “No puedes”, “No vales”, “No eres suficiente”. Esas frases, muchas veces nacidas del dolor o la frustración de otros, le damos el poder de convertirse en cadenas invisibles que arrastramos durante años, que nos atan y nos impiden alcanzar la mejor versión de nosotros mismos.

Y sin embargo hoy quiero decirte que la verdad es mucho más poderosa que cualquier juicio injusto: tú eres único, irrepetible, y tienes un gran valor. No necesitas hacer nada extraordinario para merecer amor o respeto. Tu valor no se basa en tus logros, tu aspecto o tus títulos. Tu valor está en tu ser, en tu esencia, en el simple hecho de existir. Naciste en el lugar correcto, con la familia correcta, conforme al diseño del Creador.

Nadie más en el mundo ha recorrido exactamente tu camino. Nadie siente como tú, piensa como tú, ni lleva tu misma historia en el corazón. Tu manera de ver la vida, de interpretar el mundo, de amar, de aprender y de superar los desafíos… todo en ti es singular. Y esa autenticidad ya es prueba de tu valor. Incluso tus huellas dactilares son únicas: no existe, ni ha existido, ni existirá nadie exactamente como tú.

Cuando comienzas a creer en esto, algo cambia dentro de ti. Dejas de buscar aprobación desesperadamente. Dejas de compararte. Empiezas a tratarte con más compasión, a defender tus sueños, a poner límites sanos. Recuperas tu dignidad, y con ella, la libertad de vivir con propósito.

Sí, todos tenemos defectos, debilidades, momentos oscuros. Pero eso no borra nuestro valor. Al contrario: nos hace humanos, auténticos, capaces de aprender y transformarnos. Las cicatrices que llevamos son marcas de lucha, no señales de derrota.

Quizás tú también has cargado con palabras que no eran tuyas. Quizás te has creído menos de lo que realmente eres. Pero hoy te invito a mirarte con ojos nuevos. No con los ojos de quien te criticó, te rechazó o te ignoró, sino con los ojos del amor que realmente mereces. Reconoce tus fortalezas, honra tu proceso, y perdónate por aquello que aún pesa en tu corazón. Recuerda que tu historia aún se está escribiendo, y tú tienes el poder de decidir cómo quieres vivirla. No te compares. No te escondas. No permitas que el pasado defina tu futuro.

Cambia cada palabra de destrucción por palabras de afirmación. Háblate con verdad, con dignidad, con amor. Porque es real, es profundo y es eterno: eres único, eres irrepetible y tienes un gran valor.

Sigue trabajando cada día en construir la mejor versión de ti mismo. Avanza con fe, con propósito y con la certeza de que este viaje tiene sentido. Porque un día, cuando lleguemos a nuestro destino final: el Cielo, comprenderemos que todo lo vivido valió la pena. Y mientras tanto, vivamos con autenticidad, con esperanza… y con el corazón en paz.

 

«Te alabo porque soy una creación admirable. ¡Tus obras son maravillosas,

y esto lo sabe mi alma muy bien! »

(Salmos 139:14 NVI)

 

¡Feliz y bendecida semana!

 

Con cariño,

 

Nataly Paniagua